domingo, 11 de enero de 2009

Vuelo sin orillas

Caminando lentamente recordando algunas de tus palabras, miraba dentro mío y sólo encontraba frases de reproches. Aquellas necesidades de aceptación, el temor y la cobardía, me terminaron alejando de todo lo que deseaba. Mi miedo a perder me convirtió en un hombre solitario.
Tus palabras sonaban aún en mis oídos como el eco de tu perfume.
Tardíamente comprendí cuan equivocado me hallaba. Como un mendigo guardando en su cofre de cartón los recuerdos de un pasado que habría podido ser presente, me enfrentaba avergonzado a la vida pidiéndole disculpas.
Las baldosas se escabullían debajo de mis pies. Hojas que danzaban ante la menor brisa, acariciaban mis piernas que avanzaban lentamente. Zapatos extraños que convulsionados intentaban ganarse mutuamente carreras inentendibles, se cruzaban ante mis ojos.
Levanté la mirada y te vi con tu caminar cansado de andar el suelo y con tu vuelo a flor de vereda. Inconscientemente dejé caer mi bolso. Pasos más tarde noté que había dejado los zapatos. Sin darme cuenta mis manos desprendieron mi camisa, dejándola como un animal muerto detrás mío. Tus ojos sorprendidos no bajaron un segundo, jamás perdieron contacto con mi mirada, que se encontraba más allá de ellos. Más profundo, al punto de no vernos; sólo entendernos. Con no mucha dificultad y ante los comentarios horrorizados de mujeres con sus niños, almaceneros y porteros curiosos, logré huir de mi pantalón, y estando a tan sólo metros de tu encuentro, mi ropa interior cayó como un trapo pudoroso sobre algún ciempiés distraído.
Casi no necesité hablarte para que me entiendas. Tu rostro demostraba estar en dos lugares al mismo tiempo. Por un lado la herencia terrestre te obligaba a sentirte temerosa ante aquel espectáculo. Por el otro la aceleración de tu corazón y tu garganta presionada entendieron perfectamente aquellas palabras que servían como una explicación innecesaria.
- No tengo más. Esto es lo que me queda. Soy de carne y hueso. Esto soy yo, y sería la persona más feliz del mundo si aceptás este cuerpo desnudo.
Con las manos esposadas, comprendí que nada podría explicar a alguien que carga con tanto uniforme. Agaché mi cabeza y sentí tu susurro alejarse diciendo...

No hay comentarios.: