jueves, 26 de febrero de 2009

El Deforme

Ya el hecho de leer en el bondi es una elección complicada. Los inconvenientes suelen ser múltiples. Con la práctica uno va encontrando la forma de sortearlos de la mejor manera posible. La elección del asiento es algo elemental. Es necesario situarse lejos de las ruedas, dado que las amortiguaciones de los bondis argentinos dejan mucho que desear, sobre todo si le sumamos el estado desastroso en el que se encuentran habitualmente las calles. El movimiento brusco del libro delante de nuestros ojos puede provocar mareos y dificultades a la hora de seguir los renglones de arriba hacia abajo salteando uno por uno. Por este motivo es recomendable sentarse (o pararse) en un lugar equidistante entre la rueda delantera y la trasera. Esto, en caso de escasez de asientos puede provocar innumerables distracciones provocadas por los pasajeros que intentan ir hacia el fondo o bien bajar por la puerta del medio, por lo que siempre se sugiere colocarse apoyado sobre el espacio reservado para sillas de ruedas, siendo casi nulas las posibilidades de que suba alguna de estas.
El segundo gran reto, es vencer el ruido.
Quienes estamos acostumbrados a estas situaciones, hemos logrado un nivel de aceptación del ruido notable; de modo que todo lo referente a sonidos típicos de la calle o del traqueteo del colectivo, son automáticamente digeridos por nuestros oídos de modo que no afecten nuestra concentración. El ir y venir de las ruedas sobre los adoquines, el murmullo de la gente, el timbre que suena, las bocinas en los semáforos, no son más que un simple zumbido que nos susurra durante el viaje.
Pese a esto último, lo más difícil de vencer son los sonidos (no los ruidos). Los sonidos son claros, perturban, taladran, molestan a cualquier persona y no sólo a los lectores, sino a aquellos que intentan dormir o símplemente viajar pensando en el resto del Universo.
Los dos sonidos más molestos que uno debe soportar son relacionados a los celulares: Jóvenes que programan sus teléfonos para que suene a todo volumen la música, interpretando que todos los pasajeros estamos deseosos de escucharla, mujeres con la voz chillona que se dedican a llamar a sus maridos o amigas, avisando que están por llegar, que no pueden esperar los 10 ó 20 minutos que dura el viaje para decirles semejante estupidez, o novias melosas que pretenden que el mundo escriba una novela de amor basada en frases como "yo también".
Hoy sin embargo es distinto.
El Deforme se abre paso entre los pasajeros, torpemente. Posee el brazo izquierdo casi inutilizado y le cuesta caminar con la pierna formando un arco convexo. Está descuidado, con la mirada fruncida y levemente molesto por tener que padecer este suplicio.
El colectivo frena de golpe y el Deforme se me viene encima. Me mira a los ojos y pese a no haberme llegado a golpear me dice "perdón", en un tono que suena con tanta culpa que no tengo más remedio que aceptarla
En la mano que tiene utilizable tiene un libro con tapa roja del cual no llego a leer el título; esto hace que el Deforme me genere un leve grado de simpatía. Supongo entonces que si mi esfuerzo por lograr avanzar unas páginas es loable, el que enfrenta aquel Deforme es más que admirable.
Me quedo un rato pensando en la cantidad de dificultades que se le deben presentar diariamente a este sujeto e intento retomar la lectura en cuanto veo que él hace lo mismo. Busco la última frase que tengo en mi memoria y en cuanto la localizo, sucede lo imprevisto.
El Deforme comienza a leer en voz alta. No muy alta, sólo lo necesario para ser totalmente molesto. Escucho (y parezco ser el único) al Deforme leyendo con ese ruido de voz de Espika saturada. Un susurro ronco del cual apenas logro distinguir algunas palabras, entre las que suenan alguna fecha de febrero, "miramos", "puente", "Alina Reyes" y "cartera de la mujer".
Pretendo no distraer mi atención; intento concentrarme en lo que cuenta MI libro, pero es inútil.
Hojeo nuevamente el párrafo y me dispongo a leer, intentando no llevar el apunte a este loco que me tortura a 30 centímetros. Es un momento fue muy confuso. Realizo un esfuerzo sobrehumano intentando leer estas difíciles letras que se empeñan en continuar palabras del Deforme.
Comienzo a sentir el eco de mis pensamientos. A medida que avanzo en la lectura, siento que cada palabra que leo resuena en mis oídos sin saber si las estoy realmente escuchando.
Me quedo estupefacto al notar que mis labios no pueden mantenerse quietos. Un hilo de voz tritura mi garganta, haciéndose paso atolondrádamente. Siento pánico. Levanto pálido mi vista y veo el recuerdo que tengo de mí mismo avanzando hacia la puerta. Me gana la desesperación, pero mi cuerpo no me responde. Siento que mi mano lisiada, apenas puede mantenerme agarrado al asiento y mis piernas se comportan con una imposibilidad prematura de sostenerme en pie sin que el dolor se expandiera tras mi espalda.
Intento gritar, pero la voz apenas logra parecerse a un catarro. Me veo bajar. El pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose -finaliza el texto del cuento que aún sostengo temblando.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Laura va


Laura va,
lentamente guarda en su valija gris
el final de toda una vida de penas.
Laura va,
unos pasos la alejan del pueblo aquel,
donde ayer jugaba al salir de la escuela.
Laura, pobre tu dolor
se cayó de una oración.
Por eso te vas con él.
Por eso te vas
y hay algo de bueno en tus ojos
sin querer.
Laura va,
los años le han dado la resignación
y el dolor.
Se fue con sus pocas tibiezas.
Laura ve,
aunque es grande su vida comienza aquí
y a la vez termina la sed de su espera.
Laura, pobre tu dolor
se cayó de una oración.
Por eso te vas con él.
Por eso te vas
y hay algo de bueno en tus ojos
sin querer.
La valija pesa y él la ayuda a entrar en el tren.
La cubre de besos
y el sol también.
Luis A. Spinetta

Quién fuera él...