miércoles, 8 de junio de 2005

Lorena

Lorena abrió sus ojos y su sombra se detuvo. Descubrió en el tiempo en que su segundo suspiro le besaba los labios, una pequeña grieta en su corazón lastimado. Aquel sueño, aquella espada, las cien huellas y las doscientas rosas que habían impregnado de aroma a bosque su cabello, parecían acariciarla nuevamente desde su recuerdo ficticio.

Cuando por fin logró acomodar la sonrisa y los párpados, se sentó al borde de la cama y unió sus manos como intentando capturar al menos tres gotas de ese aire fresco que provenía de sus fantasías. Contuvo la respiración, aguardó un instante y al pensar en él, tal como lo venia recordando hacía mucho tiempo, sus manos sintieron un cosquilleo que la estremeció. Desde ese espacio de alegrías que había capturado, asomaba un conejo, muy pequeño, quizás del tamaño de un picaflor, y se disponía a nacer con una decisión muy pocas veces vista en un ser humano.

Lorena volvió a cerrar sus ojos. Suspiró por tercera vez y al despertarse nuevamente, su mirada se convirtió en mar.

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