- Carrizo! -porque mi vieja me llamaba Carrizo- Andá de Vicente y traeme medio kilo de carne picada, pero decile que no te dé de la vaca del otro día porque tenía mucha grasa! Ella sabía, en el fondo, que yo no le iba a decir nada a Vicente. Yo le iba a pedir carne picada y nada más, pero ella se quedaba con la ilusión de que ella se lo decía, que se sacaba el gusto, la espina, de criticarle la vaca del otro día. Mi vieja era así, gritaba todo el tiempo. Para limpiar la habitación, para hacer los mandados, para estudiar, para todo tenía que escuchar sus gritos, aunque estuviera a sólo un par de pasos de ella. Los padres a veces tienen concepciones tan raras acerca de lo que deben enseñar a sus hijos... En la cola del banco, si era muy extensa, se mandaba derecho para la caja, a los gritos y se colaba en el primer lugar. No en la mitad, haciéndose pasar por amiga de alguno. No. Ella iba directo a la caja. No importaban las quejas de los que estaban allí, siempre se salía con la suya uti...